25 may 2009

Ni tú, ni yo




Por esta vez dejaré el verso. Quiero escribir.
Lo que sea.
Poco importa que tenga coherencia.
Tal vez será una muestra de todo aquello
que yace semi dormido: seudosapiencia,
el recuerdo
de una apariencia letal. No lo sé.

La calma vasta se ha roto. Es así.
Enteramente destruida.
Y el relato que se erigía
en cada uno de estos retratos anímicos
se desperdigaron en rasante vuelo.
Se han ido al más allá.

El caso es que yo sigo aquí, en el más acá.
Sin asidero a lo fortuito,
perdida entre tanto papel,
entre una y otra máscara que me sale al paso.

¿Quién se atrevió a quebrar el espejo?
La palabra es impronunciable.
Como la de todo ser malévolo,
[que paga su culpa con el arché del "eterno retorno"]

[Sí, condénneme por no usar, de continuo, el punto seguido]

Podría perecer en un instante
o en otro,
nada está dicho...

[pero todo permanece en entredicho]

Una historia más,
como tantas otras,

con escenarios y personajes vulgares.

Recónditos sentimientos, vaivenes temporales.

Ángulo múltiple y estilo indirecto.
Porque ese ha sido el modus operandis: esconderte, bregar
entre la multitud, esperando a que me asome ante ti.
Y te descubra.
Y te llame.

Y ya nunca más vuelvas a alejarte.
[Sorprendente trama televisada, ¿no ves?]
¿No entiendes?

Quisiera contarte todo esto que tipeo,
que escribo en forma de carta a nadie
(¡¡schh!!, uds tendrán
que remitirse al silencio)
decirte que
abras los ojos
y cierres la boca,
que hay un pedazo de cielo que ha quedado sellado.
Pero ni tú, ni yo somos ángeles y estamos aquí,
con los pies amarrados a la tierra pavimentada.

¡Tonterías! ¿Verdad?
Una tras otra, frases desgarbadas,
ahítas de recuerdo,
marchitas por el tiempo,
cercenadas por los impuestos,
por las pruebas de mañana que poco importarán después,
por esa noche desprovista de estrellas.

Pero ahí estás tú.
Y yo no te vi.
Ni tú a mí.

Pareciera que uno de los dos
(o ambos)
se hubiera despertado del sueño
de una patada. No lo sé.

No quiero creer.
Le temo a tu rostro,
le temo a tus manos,
tan llenas de mi risa.
Le temo a tus ojos, que se atrevieron a saltar
a todo ese millar de enjambres humanos
y descansar en mí.

En un sueño que no sabemos cuándo cesará.

¿Verdad?

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